¿Cómo aprendimos a relacionarnos así? Amor, pareja y reglas en tiempos de redes sociales
Las redes sociales pueden ser un medio adecuado para compartir ideas, opiniones e información de forma masiva. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos qué tipo de información estamos consumiendo y empezamos a asumir que, por repetirse muchas veces, necesariamente tiene sentido.
Navegando por algunas de estas redes, como de costumbre, me he encontrado con varios videos de hombres y mujeres, de distintas edades, dando consejos sobre las relaciones románticas actuales y, particularmente, sobre cómo debería comportarse un hombre o una mujer dentro de una relación.
Lo preocupante no es que estas ideas sean nuevas, ya que muchas no lo son. Lo que me llama la atención es la manera en que se repiten una y otra vez hasta parecer una regla inquebrantable. Algo que se debe hacer sí o sí.
Por un lado, encontramos discursos dirigidos a mujeres sobre aquello que deberían identificar en un hombre para considerarlo un “buen prospecto”: dinero, estabilidad económica, regalos, viajes, salidas a determinados lugares o capacidad para mantener cierto estilo de vida.
Frases como: “Si no me puede dar esto, no me sirve” o “Si no tienes auto o casa, ¿para qué quieres pareja?”.
Del otro lado aparece un discurso diferente, pero que en el fondo se parece bastante. Aquí se habla de la mujer que un hombre debería buscar: sumisa, dedicada al hogar, alejada de otros hombres y, con bastante frecuencia, sexualmente inexperta.
Aparecen entonces expresiones como: “Que no esté recorrida” o “que no tenga alto kilometraje”.
Podrían parecer discursos completamente opuestos, pero ambos comparten algo que me parece bastante más interesante: la persona deja de ser alguien con quien construir una relación y empieza a ser evaluada por aquello que puede ofrecer.
Si no obtengo algo que me beneficie, entonces no lo quiero, “no me sirve”. Y quizá ahí empieza el problema.
Cuando una opinión empieza a convertirse en una regla
Todas nuestras relaciones están atravesadas por normas sociales. Aprendemos qué significa cortejar, cómo expresar interés, qué comportamientos consideramos apropiados, qué entendemos por fidelidad, compromiso, celos, masculinidad, feminidad o incluso por una “buena relación”.
Esto no es necesariamente algo negativo. El problema es pensar que esas reglas son universales.
Rolando Díaz-Loving ha trabajado precisamente sobre la importancia de las normas y creencias socioculturales en la manera en que las personas construyen sus relaciones. Desde esta perspectiva, nuestro comportamiento no surge únicamente de decisiones individuales: también responde a premisas culturales que nos indican qué se espera de hombres y mujeres y cómo deberían comportarse dentro de determinados vínculos (Díaz-Loving, 2011; Díaz-Loving et al., 2011).
Incluso la expresión de las emociones está atravesada por reglas culturales. Sánchez-Aragón y Díaz-Loving han mostrado que existen preceptos socioculturales sobre cuándo y cómo expresar emociones como amor, tristeza, enojo, miedo o felicidad (Sánchez-Aragón & Díaz-Loving, 2009).
En otras palabras, nunca hemos aprendido a relacionarnos completamente solos. Aprendemos del otro: de nuestra familia, de nuestros amigos, de nuestras experiencias y de aquello que vemos.
La diferencia es que ahora una parte importante de ese aprendizaje también ocurre mientras hacemos scroll. Si el algoritmo interpreta que determinado contenido nos interesa, podemos pasar bastante tiempo escuchando la misma idea expresada por personas de distintas edades, países y contextos.
Un mismo discurso una y otra vez. Entonces aparece una sensación extraña: ya no parece ser la opinión de alguien; más bien, parece una obligación.
Y aquí es donde cabría preguntarse:
¿En qué momento dejamos de escuchar “esto es lo que a mí me funciona” y empezamos a escuchar “esto es lo que tú deberías hacer”?
¿Qué estamos aprendiendo a llamar amor?
Hace décadas, Erich Fromm planteaba algo que sigue resultando incómodo: muchas personas se preocupan más por encontrar a alguien que las ame que por desarrollar su propia capacidad para amar.
Para Fromm, amar no consiste únicamente en encontrar a la persona adecuada. Es algo que requiere aprendizaje y práctica. En su propuesta aparecen cuatro elementos especialmente importantes: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento (Fromm, 2020).
Me interesa especialmente el respeto. Fromm lo relaciona con la capacidad de reconocer al otro tal como es, no únicamente como necesitamos que sea ni como alguien puesto a nuestro servicio.
Si tomamos esto como punto de partida, algunos de los discursos que circulan actualmente resultan paradójicos.
Decimos que buscamos amor, pero hacemos listas de requisitos.
Decimos que queremos una relación, pero evaluamos al otro como si fuera un producto.
¿Cuánto gana? ¿Qué me puede comprar? ¿Cuántas parejas tuvo? ¿Cuánto mide? ¿Sale con amigos? ¿Puede cocinar? ¿Tiene determinada apariencia?
No estoy diciendo que no debamos tener criterios para elegir pareja. ¡Por supuesto que los tenemos! Todos decidimos con quién queremos o no queremos relacionarnos.
Lo que me parece distinto es convertir esos criterios en reglas universales sobre cuánto “vale” una persona y, además, sobre quién consiguió a la “mejor” pareja. Pareciera que el amor se ha convertido en una especie de competencia.
Díaz-Loving ha insistido precisamente en que las relaciones de pareja deben comprenderse dentro de un sistema biopsicosociocultural: intervienen elementos personales, afectivos, conductuales y también normas y creencias del contexto donde la relación ocurre (Díaz-Loving, 2010).
Tal vez por eso resulte demasiado sencillo pensar que existe una fórmula para tener una buena pareja. Pero hay algo que esta lógica deja fuera: las personas no funcionan como una lista de características, mucho menos las relaciones.
No seas intenso, no muestres demasiado
Hay otro discurso que encuentro constantemente:
No mostrar demasiado interés. No contestar inmediatamente. No decir lo que sientes. No comprometerte demasiado pronto. Deja que fluya. No pongas etiquetas.
No creo que estas expresiones sean necesariamente problemáticas por sí mismas. El problema aparece cuando nuevamente la elección personal se transforma en una regla y pareciera que mostrar interés es una debilidad y mostrar menos sentimientos otorga poder.
En algunas conversaciones que he tenido con jóvenes durante mis investigaciones, esta cuestión se manifiesta de distintas maneras.
Recuerdo, por ejemplo, una entrevista con una joven de 19 años. Cuando le preguntaba qué hacía después de discutir con sus padres o con su pareja, me decía algo parecido a:
“Me aíslo, no quiero hablar con nadie, me pongo a llorar yo sola; a veces consumo marihuana...”.
En otros casos he encontrado respuestas diferentes: salir con amigos, ir al gimnasio, beber alcohol o simplemente evitar hablar sobre lo ocurrido.
No quiero convertir estas experiencias en una descripción de “los jóvenes de ahora”. Sería un error porque son experiencias particulares. Pero sí me hacen cuestionar qué recursos utilizamos para enfrentar el malestar y cuánto hemos aprendido realmente a hablar sobre lo que sentimos.
Por eso me preocupa cuando ciertos mensajes terminan reducidos a algo como:
“No sientas demasiado”.
“No demuestres demasiado”.
“Si te lastiman, haz como si no te importara o lastima el doble”.
Cuando las reglas de la relación ya no están claras
Por otro lado, hay otra situación que me parece especialmente interesante.
Dos personas comienzan a salir, existe cierta cercanía, se comportan como pareja y alguno de los dos (o ambos) puede asumir que existe cierto compromiso. Entonces ocurre una pelea. Uno deja de hablarle al otro. Pasan algunas horas o algunos días, pero nadie dice “terminamos”.
Sin embargo, alguno de los dos interpreta que la relación terminó. Quien lo interpretó así puede estar con otra persona y, si después existe una reconciliación, surge una discusión:
“Yo no fui infiel porque en ese momento ya no estábamos juntos”.
Lo interesante no es decidir quién tiene razón, sino preguntarnos qué entendía cada uno por la relación.
¿Qué significaba el compromiso?
¿Qué significaba una pelea?
¿Qué significaba terminar?
¿Habían hablado alguna vez sobre ello?
Entonces encontramos reglas, pero no siempre son compartidas. Al mismo tiempo, circulan discursos que ofrecen respuestas rápidas:
“Si te hace esto, déjalo”.
“Si tarda demasiado, tú tarda el doble”.
“Si te engaña, hazle lo mismo”.
“Si terminan, acuéstate con otra persona”.
Una pelea de pareja puede terminar convertida en una especie de competencia por demostrar quién necesita menos del otro. Y aquí aparece una cuestión sobre la validación, lo que me hace preguntarme:
¿La búsqueda inmediata de otra persona después de un conflicto puede funcionar, en algunos casos, como una forma de recuperar reconocimiento, deseo o sensación de valor?
No considero que sea una explicación universal. Pero me parece una pregunta interesante cuando observamos vínculos en los que parece existir una necesidad constante de confirmar:
“Todavía le gusto a alguien”.
“Todavía puedo conquistar”.
“Todavía tengo opciones”.
A esto se suma otro discurso que aparece constantemente: si esta persona no cumple con lo que espero, seguramente habrá alguien mejor. La relación comienza entonces a pensarse también desde la posibilidad de sustitución. No solamente necesito sentir que todavía puedo gustarle a alguien, sino encontrar a alguien que confirme que puedo aspirar a algo “mejor”.
En este sentido, la idea de amor líquido de Bauman resulta sugerente: vínculos que pueden volverse más frágiles cuando se mantienen bajo la posibilidad permanente de ser reemplazados. No significa que toda relación actual funcione de esta manera, pero cabría preguntarse qué ocurre cuando comenzamos a mirar a las personas como opciones disponibles que pueden cambiarse cuando dejan de cumplir nuestras expectativas (Bauman, 2005).
Entonces, ¿qué estamos aprendiendo sobre el amor?
No creo que las relaciones actuales sean necesariamente peores que las anteriores y tampoco creo que antes las personas supieran amar mejor.
Basta con mirar la historia para encontrar relaciones atravesadas por desigualdad, violencia, dependencia, control y silencios que durante mucho tiempo fueron considerados completamente normales.
No obstante, lo que sí creo es que las reglas han cambiado. Tenemos mayor libertad para hablar sobre sexualidad, existen formas más diversas de construir relaciones y podemos cuestionar modelos que antes parecían obligatorios.
Todo esto me parece valioso, pero tener más libertad no significa automáticamente que sepamos qué hacer con ella. Podemos abandonar ciertas reglas tradicionales y sustituirlas por otras igualmente rígidas.
Antes se decía:
“Debes casarte”.
Ahora quizá escuchamos:
“No debes comprometerte”.
Antes podíamos escuchar:
“Debes mantener una relación a toda costa”.
Ahora:
“Si algo no te gusta o te incomoda, vete inmediatamente”.
El problema no está necesariamente en uno u otro consejo, sino en convertir cualquiera de ellos en una respuesta aplicable a todas las personas y a todas las relaciones. Cambian las reglas, pero seguimos buscando reglas. Y quizá ese sea el punto que más me interesa.
Las redes sociales no inventaron nuestras formas de amar. Tampoco inventaron los estereotipos sobre hombres y mujeres ni los conflictos dentro de las parejas.
Sin embargo, sí constituyen un espacio donde esos discursos pueden repetirse, reforzarse y circular, muchas veces sin cuestionamientos, con una velocidad que antes no teníamos.
En este sentido, más que preguntarme si las relaciones actuales están bien o están mal, podríamos preguntarnos:
¿Desde dónde estamos aprendiendo a relacionarnos?
¿Qué parte proviene de nuestra familia? ¿Qué parte aprendimos con nuestros pares? ¿Qué parte viene de experiencias anteriores?
¿Qué parte estamos tomando de una persona que apareció durante treinta segundos en nuestra pantalla diciéndonos cómo “debe” ser una pareja?
Y quizá también tendríamos que preguntarnos algo más incómodo:
Cuando digo que quiero determinada clase de hombre o determinada clase de mujer, cuando digo que el compromiso no sirve, que sentir demasiado es ser intenso o que una persona “no me sirve” si no cumple ciertos requisitos:
¿Eso es realmente lo que quiero o solamente estoy repitiendo algo que aprendí a querer?
No creo tener una respuesta definitiva, pero ahí comienza una discusión mucho más interesante sobre el amor que cualquier lista de cinco pasos para encontrar a la pareja correcta.
Para profundizar
Bauman, Z. (2005). Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (M. Rosenberg & J. Arrambide, Trads.). Fondo de Cultura Económica.
https://www.fondodeculturaeconomica.com/Ficha/9789681683726/F
Díaz-Loving, R. (2010). Una teoría bio-psico-socio-cultural de la relación de pareja. En R. Díaz-Loving & S. Rivera-Aragón (Eds.), Antología psicosocial de la pareja: Clásicos y contemporáneos (pp. 11–33). Miguel Ángel Porrúa.
Díaz-Loving, R. (2011). Dinámica de las premisas histórico-socio-culturales: Trayecto, vigencia y prospectiva. Revista Mexicana de Investigación en Psicología, 3(2), 173–180.
https://doi.org/10.32870/rmip.v3i2.505
Díaz-Loving, R., Rivera-Aragón, S., Villanueva-Orozco, G. B. T., & Cruz-Martínez, L. M. (2011). Las premisas histórico-socioculturales de la familia mexicana: su exploración desde las creencias y las normas. Revista Mexicana de Investigación en Psicología, 3(2), 127–142.
https://doi.org/10.32870/rmip.v3i2.498
Fromm, E. (2020). El arte de amar (N. Rosenblatt, Trad.). Paidós. (Trabajo original publicado en 1956).
Ficha oficial de El arte de amar
Sánchez-Aragón, R., & Díaz-Loving, R. (2009). Reglas y preceptos culturales de la expresión emocional en México: su medición. Universitas Psychologica, 8(3), 793–830.
Artículo en Universitas Psychologica
Sobre el autor
Luis Miguel Reyes Loyola
Psicólogo social y Doctor en Pedagogía por la UNAM.
Docente e investigador en psicología y educación, con interés en juventudes, salud mental y contextos sociales.
Cómo citar esta entrada
Reyes Loyola, L. M. (2026, 16 de octubre). ¿Cómo aprendimos a relacionarnos así? Amor, pareja y reglas en tiempos de redes sociales. Psicología en Contexto. https://formacionreactiva-psicologia.blogspot.com/2026/10/como-aprendimos-relacionarnos-asi-amor.html
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